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De pequeño, mi abuela, cuando me encontraba agitado, aburrido, de malhumor, me sacaba a dar una vuelta a la manzana. Mi abuela que merendaba con un trozo de pan y una copa de coñac. Creo que fue ese el principio de mi extrañeza, mi perplejidad, mi amor por las ciudades.

Más tarde, fue mi abuelo, el que me enseñó a caminar. Uno aprende a caminar cuando es pequeño, y después se aprende a caminar de verdad; igual que no es lo mismo saber leer que saber leer. Mi abuelo también me enseñó a leer en el segundo sentido, y desde entonces, leer, escribir y caminar han sido partes del mismo proceso.

Así, vivir en una gran ciudad—en mi caso actual, Buenos Aires—es como vivir en una enorme máquina de leer-escribir-caminar. No hay ciudad en la que haya vivido, o pasado un tiempo, en el que no haya sido ese el caso, pero ésta es la más grande, y creo que la que más me ha fascinado, dislocado, abierto a ella.

Hace unos meses di un paseo desde Parque Patricios a Caballito, pasando por Boedo y Almagro, con unos urbanistas norteamericanos. Me interesaba que vieran los matices, los cambios sociales, económicos y hasta culturales que se pueden percibir en un trayecto como ese. Si se pasa rápido no se ve; hay que ir despacio y prestar atención a la variadísima gama de tonos, tanto en el sentido del color como del sonido y el lenguaje, sin salir nunca del ámbito de la arquitectura y lo urbano: las viviendas,los comercios, la publicidad, los graffiti y hasta el tipo de basura (o no) que se encuentra por las veredas.

Creo que quedaron fascinados por los detalles que íbamos descubriendo por el camino. Para mí, la clave está en darse cuenta que caminando así, la ciudad no se termina nunca. Sin que aparentemente no haya cambiado nada en esta cuadra o aquella, siempre hay algo nuevo, siempre existe alguna revelación, algo que lo cambia todo y desaloja lo preconcebido. El matiz, algo que se encuentra en el medio, tiende a cambiar, a veces incluso de manera radical, los extremos. Siempre hay un gris cuya sutileza cambia nuestra idea del blanco o del negro.


De nuevo

19.02.13

Al principio de vivir en una ciudad, uno se fija sobre todo en las diferencias, grandes y pequeñas, entre esa ciudad y el lugar donde uno vivía antes. También se presta atención a la historia, los monumentos, los edificios importantes. Ese ha sido el punto de vista de Buenos Aires Ideal. Ahora toca cambiarlo.

Siempre seguí una regla: escribir en positivo sobre la ciudad, no quejarme. Ahora que retomo el blog, pienso mantener esta regla, pero con algunos matices. Evidentemente, hay cosas que no funcionan y que conozco mejor que al principio, por pura proximidad. A veces hay ideas, proyectos de ciudad, que funcionan mejor que otros, aunque se implemente el menos propicio; también escribiré sobre estas cuestiones. Lo que se me ocurre no es hacer un blog para turistas, aunque sean locales, sino para las personas que vivimos en Buenos Aires.

Se ha lamentado, por ejemplo, la desaparición de los antiguos coches de la Línea A del Subte. Yo también lo lamento, eran hermosos, por viejos y desgastados que estuvieran. Al mismo tiempo, reconozco que hacía falta cambiarlos. Los interiores de esos coches son de madera, que, en caso de un accidente, podría astillarse y lesionar a muchas personas. Por seguridad había que cambiarlos.

La línea de Metrobus de la 9 de Julio me parece menos necesaria. El Subte C ya cubre ese recorrido. Y levantar los árboles, por muy bien que se los trasplante, no tiene sentido, en una avenida con tanto tráfico y la contaminación que éste genera.

Ayer me reía con unos amigos de que tengo suerte de vivir en Constitución. En este barrio todavía se ve mucha basura por la calle. Buena parte de mi trabajo como artista tiene que ver con la basura y con objetos encontrados en la calle, así que me va bien vivir en este barrio. No deja de sorprenderme, cuando voy por otras partes de la ciudad, lo limpias que están las calles. Como artista, lo lamento; como ciudadano, lo aprecio.

Puede parecer una tontería esto último, pero creo que sirve para ejemplificar el tipo de ambivalencias con las que nos encontramos los habitantes de cualquier gran ciudad. Lo privado y lo público, el interés personal y el general, no siempre coinciden. De eso también quiero escribir en los meses venideros.

Hay partes de la ciudad que me interesan más que otras, por supuesto: el sur más que el norte, el este más que el oeste. Con todo, siempre que vaya por esas secciones que tiendo a recorrer menos, intentaré contar algo sobre ellas. Sigo caminando mucho, aunque mis ocupaciones me limiten el tiempo que tengo para pasear y las zonas por donde voy. Y eso es lo que nos ocurre a la mayoría, ¿no? Las mil y una cosas que tenemos que hacer nos limitan las rutas que seguimos a diario, nos empequeñecen la ciudad.

Retomar este blog es, también, un esfuerzo por ir más allá de mis rutas habituales, por ampliar mi ciudad, mi experiencia de la ciudad.


Salgo a la calle a dar una vuelta, un paseo. Es cuestión de respirar, de pensar. Pienso mejor cuando tengo el cuerpo y los sentidos ocupados. A veces salgo a “caminar un texto”, y el ritmo de un poema depende del ritmo de mis pasos por la ciudad. A veces salgo a dar ese paseo con un amigo, sirve para hablar, para negociar una idea, un proceso artístico. Así, últimamente con Leonello Zambón, amigo, socio y vecino.

Hace unas semanas teníamos que hablar de La Expedición que estamos haciendo juntos. El paseo nos llevó desde Constitución, atravesando San Cristobal, hasta Boedo y de vuelta. Luego ha habido mucho trabajo, y hace unos días, Leo me envió un mail diciendo que echaba de menos nuestros paseos. Sugerí que hiciésemos algo parecido a la vez anterior pero con una cámara, así que las fotos son del segundo paseo, mientras que las impresiones se mezclan entre uno y otro.

Le sugerí desayunar en mi bar habitual (esquina de San Juan y Rincón, ver mapa de bares para fumadores) y luego, para seguir hablando enfilamos por San Juan hacia arriba, al oeste.
Una tienda de ropa con las vidrieras, los espejos, las puertas y otros apliques art nouveau, que siempre me llamó la atención ha desaparecido. Esos elementos decorativos siguen ahí, pero ahora hay una ferretería.

Cerca de Avenida Jujuy, vimos la torre de una iglesia y propuse investigar, llegando hasta ella por el otro lado, como para verla de otra manera, así que tomamos por Saavedra y luego Cochabamba. Sobre Jujuy y sus calles existen un montón de bazares gastronómicos (para los españoles: comercios donde venden equipamiento de hostelería). Antes de llegar a la iglesia, nos detuvimos a mirar en el escaparate de uno de estos bazares, y le comenté a Leo que no entiendo por qué la gente se compra cocinas de uso doméstico cuando se puede comprar una de uso comercial, industrial, restaurantero o como se diga. Son mucho más bonitas éstas, ¿no? De repente y por un impulso, entramos a preguntar precios, y sí, son más caras, pero mucho depende también de la importancia que uno le dé a cocinar y a cierta estética industrial que a mí, particularmente, me seduce más que todo eso que se llama “diseño”.

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Vivir lejos

23.01.11

Buscando otra cosa entre papeles viejos (y aprovechando para tirar muchas cosas de una vida pasada), encontré una servilleta en la que había escrito unas notas para cosas de las que quería tratar en este blog. Calculo que son de 2007. Era esto:

La otra tradición
la emigrante
la marítima
la portuaria
la tradición porteña

Buenos Aires Ideal

El BsAs ideal era el que estaba en la imaginación de los viajeros que emprendían el mar, desesperados o por placer, hacia el Río de la Plata.

Y en efecto, esta fue una ciudad mítica en la imaginación de muchos europeos. Un puerto en el que resguardarse después de atravesar un mar de dificultades.
En cambio, las letras de los tangos cuentan otro mito, el del desengaño. Sí, los inmigrantes se encontraban aquí con posibilidades que no tenían en su país de origen; pero no con facilidades, había que trabajar duro, nadie te regalaba nada. La poesía tanguera se podría leer como una crónica de la dureza de la vida en ese sentido.

Yo mismo la he sufrido, lejos de mi red de conocidos y familiares, lejos de todo. Y una de las cosas que he aprendido en esta ciudad es a vivir sin demasiadas cercanías. A vivir lejos.


Cuando digo novedades, es evidente que lo son para mí. Si algo demuestra internet es que cuando uno piensa que ha visto algo nuevo, un montón de gente lo considera ya viejo. Con suerte a ustedes no les sorprenderá nada de lo que viene a continuación .

“Cuidado con la mochila, porque las mujeres se la pulguean.” Fue lo que me dijo uno de esos amigos que uno siempre debe tener en el centro de las ciudades: camareros, vendedores, kiosqueros—gente que conoce bien la zona, por estar ahí a diario, oye y ve lo que pasa. Son los puntos de entrada en la red de información de cualquier ciudad.

A lo mejor mi informador sólo quería congraciarse conmigo, quedar bien, ofrecer una información—falsa o verdadera, no importa—para sacar algo a cambio… no sé qué podría ser.

En este caso, me sorprendió que me avisara de las mujeres. ¿Será la nueva moda entre ladrones y carteristas? Será que las mujeres, aprovechando que provocan menos desconfianza que los hombres, se pueden acercar a una mochila y llevarse lo de dentro con menos resistencia. Sin embargo, no sabía que esta división por género del trabajo se hubiera institucionalizado tanto que la información tuviera un valor particular.

Pero lo que más me llamó la atención fue el verbo pulguear, nuevo para mí. O a lo mejor lo que dijo, y yo, como siempre, oí mal fue punguear. Según el diccionario lunfardo de Athos Espíndola, punga es un “hurto de dinero o efectos de los bolsillos de las personas.” Pero estoy seguro de que oí pulguear. Es porque después de la L, la g es más suave que después de la N.

En todo caso, bajando por la definición de punga en el diccionario encontré esto:

Café de la punga. Nombre que se le daba a un conocido ‘café con camareras’ que existía antiguamente en el barrio de La Boca.”

¿Alguien sabe qué café podría haber sido, y dónde estaba?

Hace un par de años, caminando por Avenida de Mayo, enfrascado en una de nuestras conversaciones épicas con mi amiga Juli, un tipo intentó abrirme la mochila. Yo lo venía vigilando de reojo desde hacía unos metros y cuando me pareció que estaba demasiado cerca, me di la vuelta y lo saludé. Sonrió y cambió de dirección, desapareciendo entre el gentío. Mi única experiencia en Buenos Aires con un punguista.

Al terminar con mis negocios en el centro, me metí en la London, que tiene grandes ventanales y salón fumador, a tomar un café y ver pasar al personal. De manera invariable, la gente que parecía de aquí llevaba el bolso bien agarrado. Los turistas, o sea la gilada, se lo colgaban a la espalda o lo llevaban de cualquier manera, carne de punga.

Estoy practicando con mi palabra nueva. Gracias por su paciencia.


Este año he pasado mucho tiempo en La Plata, por razones laborales y personales. Y aunque es otra ciudad, siempre se me ocurren cosas para escribir aquí, cosa que voy a empezar a hacer. Para eso he abierto una categoría.

La otra es para la Provincia de Buenos Aires, adonde el trabajo también me lleva de vez en cuando y donde también hay mucho de interés.

Lo otro que me he propuesto es escribir posts más cortos, algunos sólo con infomación, menos literarios quizá. Y también colgar información de la que me llega por mail y otros medios.

Es buena la idea, ¿no? Como no tengo tiempo de escribir, amplío mi radio de acción. En todo caso, espero que lo que sí vaya saliendo siga siendo de su interés.


Buenos Aires tiene teatros maravillosos. Pero tuvo más. Hace tiempo que quiero hacer un mapa de los que siguen en pie aunque cumpliendo otra función (supermercado u otro espacio comercial, algunos son templos evangelistas). El tiempo no me alcanza para todo.

Sin embargo, esta mañana recibí un mail de Marina Etchegoyhen acerca de una iniciativa para salvar el Cine Teatro Taricco, en La Paternal. Pone lo siguiente:

Este 4/11 habrá una acción en el barrio de La Paternal por la recuperación del Cine Teatro Taricco. Este se encuentra desocupado hace 25 años y los vecinos están peleando por su reapertura. Habrá obras de teatro, acciones, proyeccciónes, actividades para compartir durante el mediodía. Vamos a participar con el proyecto de “Mapeo colectivo barrial”, que comenzamos a principio de mes. Serigrafiamos unos mapas del barrio, que estamos completando junto a los vecinos y amigos. Nuestra propuesta es marcar en estos, espacios culturales y sociales de la zona, de manera que sirva para vincularse y armar redes. La idea es hacer re ediciones sumando la información que escribe la gente y distribuirlos como afiches por el barrio. Por esto los invitamos a mapear con nosotras frente al Taricco este sábado 4/11 de las 11 a las 14 hs en av. San Martín y Nicasio Oroño. Para charlar, tomar unos mates y participar.


Vengo de la Plaza de Mayo. Estaba a rebosar de gente. La gente cantaba, pero no había alegría en el ambiente. Las banderas y las pancartas llenaban el espacio por encima de nuestras cabezas. No había un solo policía, no había camiones con agentes antidisturbios en las calles aledañas a la plaza, o por lo menos ni vi ninguno, la manifestación era espontánea y pacífica.
Los vendedores ambulantes de comida y bebida trabajaban a tope.
Hoy fue el día del censo y todos los negocios estaban cerrados. A partir de las 20h. empezaron a abrir algunos restaurantes y bares.
Al parecer, hubo gente en la plaza todo el día.
Lo que más me llamó la atención es que estaba lleno de gente de clase media, que normalmente evita las aglomeraciones. Mucha gente joven. Familias. Parejas.
Como peatón extranjero, como observador de lo que pasa en Buenos Aires, como habitante de la ciudad, debo decir que ésta ha crecido muchísimo desde que vine la primera vez en 2005. Aquel año, y viniendo de Europa, una cosa que me llamó muchísimo la atención—por poner un ejemplo banal—es que hubiera espacio para aparcar en todas partes. Ahora escasea. El poder adquisitivo de muchos ha aumentado considerablemente. Como ha mejorado el nivel de vida en la ciudad. Y en otras partes de la Argentina que he ido conociendo.
Eso se ha debido en gran medida a la política del presidente Kirchner y, después, de la presidenta Fernández de Kirchner.
Una cierta idea de sutentabilidad (digo esto en lugar de independencia) económica dentro de las fronteras del país, en medio de la globalización, ha sido la clave de la recuperación de Argentina tras la debacle de 2001. Eso incluye apartarse de la monoindustria hacia una variedad de posibilidades productivas que significa repartir en riesgo, de manera que si falla un sector otro ocupe su lugar. También ha habido enormes esfuerzos por modernizar el sistema impositivo, algo fundamental para la estabilidad del país… y algo que requiere un gran desgaste político y muchos años, no se hace de la noche a la mañana.
Hace más de un año, cuando la crisis financiera mundial estaba en su apogeo (y pronto puede haber otra recaída) el gobierno argentino se negó a aceptar la supuesta verdad, aceptada en muchos otros países como ley de vida, de que había que recortar el gasto público a toda costa. En España, por ejemplo, la crisis se prolonga, el empleo no se recupera, mientras que Argentina y Brasil siguen creciendo.
La política de los últimos dos gobiernos en cuanto a derechos humanos ha sido fundamental, también. No hay manera de superar un trauma nacional de las dimensiones del que sufrió Argentina en los años 70 sin una política de este tipo. También esto lleva años y requiere de un gran esfuerzo de mucha gente, no sólo del gobierno, para combatir la inmovilidad, el silencio y la mala consciencia.
Recientemente, la ley de igualdad de parejas, significó la legalización de algo que ya estaba instalado en la sociedad y reclamaba una apertura dentro del sistema.
Hace falta hacer muchas cosas, todavía, y siete años no dan tiempo para todas. A mí me gustaría ver avances, como los que ha habido en otras esferas, en la cultura, en la ciencia y en la innovación. Eso requiere invertir en educación y, después, en el todo lo que signifique aprovechar esos recursos humanos. No dejar que los cerebros se fuguen a otros países es fundamental para el futuro de Argentina.
Había, hay miles de cosas que hacer en este país. Néstor y, después, Cristina se embarcaron en la difícil tarea de llevarlas a cabo. Con tantos sectores, incluso fuerzas internacionales, en contra, yo (como espectador extranjero) me maravillo de lo que han conseguido.


Hace unos meses, estuvo en la Casa de la Cultura de Buenos Aires la muestra Post-It City: Ciudades ocasionales. La exposición era en realidad un libro (y el catálogo es excelente) puesto en las paredes. Si en el catálogo se hubiera incluido un DVD con todos los videos que se exhibían en la muestra, ésta hubiera sido totalmente innecesaria.

Post-It City es una recopilación de diversos proyectos estético-sociológicos de todo el mundo que han visitado o estudiado estrategias habitacionales o comerciales efímeras en muchas ciudades: mercadillos, barrios de chabolas, restaurantes portátiles, etc. Hojeando el catálogo un poco al azar, me llamó la atención un proyecto llevado a cabo en Barcelona descrito así por sus autoras:

Sundaying city es un trabajo de campo sobre las prácticas de ocio autogestionado en la ciudad de Barcelona. Estas prácticas suponen una resistencia al espacio público no practicable que el Modelo Barcelona ofrece, así como la creciente industria del entretenimiento global. Estas actividades se despliegan temporalmente en zonas de la ciudad sin función determinada y resignifican su sentido a través del uso que hacen de ellas. El trabajo se centra en tres actividades de domingo: competiciones de palomas, rallies y picnic, que conjugan la autogestión del ocio, la sociabilidad, la ocupación del espacio público, la generación de arquitecturas propiasy el carácter insumiso de sus prácticas. Así, el dominguero adquiere un matiz transgresor, casi heroico, dentro del nuevo marco cívico que ha adoptado la ciudad y de la actual sociedad del espectáculo-consumo. El dominguero consigue zonas relacionales de encuentro e interacción practicando la ciudad y apropiándose de ella.

El tono tecnocrático de este texto parece defender las prácticas pero en realidad no lo hace, dando tácitamente por sentadas, irremediables, las condiciones en las que se tiene que dar el domingueo barcelonés. La verdad es que, viviendo en América Latina, esto me parece alucinante.

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En los tres años y medio que llevo viviendo en Buenos Aires he aprendido mucho sobre la ciudad, su historia, sus lugares. Me encanta esta ciudad. Siempre la estoy recorriendo, sin buscar nada en particular, abierto a la sorpresa, a los pequeños detalles.

Doy tours de las zonas más conocidas e importantes, hablando un poco de la historia de esos lugares, de la arquitectura, de las implicaciones sociales de lo que vamos viendo. También doy clases de poesía, en las que leemos a los poetas de Buenos Aires en un café clásico, los comentamos y recorremos algunos lugares que aparecen en los poemas. Todo tiene lugar en la calle, en los cafés, siempre en contacto con la ciudad. Los tours y las clases pueden ser tan especializados como ustedes quieran.

Si me contactan por mail, utilizando el formulario de contacto en este blog, podemos acordar hora, lugar, precio y tipo de tour o clase. La idea general es convertir un viaje de unas pocas horas por la ciudad en algo memorable, que dure en el recuerdo y que sirva como puerta a otras experiencias del espacio urbano de Buenos Aires.

Tours

  • De Congreso a Plaza de Mayo y Puerto Madero
  • Microcentro, la City
  • Plaza San Martín, Retiro

Literatura

  • Grupo Boedo
  • Grupo Florida
  • Roberto Arlt


Con un par de amigos tenemos la idea de hacer un tour de las grandes pizzerías clásicas de Buenos Aires: paradas breves, una porción y un vaso de cerveza en cada una, todo en un sólo día. Como una saturación de pizza, prolongada durante horas, pero sin convertirla en un concurso, ni una búsqueda de la pizza perfecta—más bien es dar rienda suelta a la curiosidad… y a la gula.
Mientras no llega ese día, con su promesa de magia e indigestión, voy probando pizzerías por mi cuenta. En esta ocasión tocó una cuyo nombre me encanta: El Imperio de la Pizza. Suena, eso de imperio, un pelín totalitario—totalitario light, como en la Guerra de las Galaxias, esa saga de lo simple.
Fui con Fabiana, un día en que andaba ella por Buenos Aires. Coincidimos en la impresión general del lugar: es un sitio clásico, de los de antes, enorme, preparado para atender a mucha gente. Fabi dice que también en Mar del Plata las hay, y no me sorprende. Esa ciudad es como una continuación de Buenos Aires por otros medios.
Pedimos una Pizza Bretona: Muzzarella, roquefort y cebolla. Buenísima. Al molde, como es la verdadera pizza de Buenos Aires. Fabi la prefiere con menos pan, a la piedra; a mí me gusta de las dos maneras.
Un pequeño apunte de especulación histórica. Yo diría que las tres capitales mundiales de la pizza son Chicago, Nueva York y Buenos Aires, ciudades con una gran inmigración italiana. No cuesta imaginar que cuando los italianos llegaban a estos lugares, se asombraban con la abundancia barata de la leche, la harina y el queso. Y la tradición continúa en la pizza de molde, abundante, que hay que comer con tenedor y cuchillo, para evitar que el queso se desborde.
Era mediodía y la pizzería, frente a la Estación Lacroze, estaba llena. A nuestro lado, tres ancianos discutían de fútbol, desde el mundial hasta los destinos del club de su barrio, el Chacarita.
El servicio es mediocre, pero a eso, en Buenos Aires, ya estamos acostumbrados. Es como si los camareros supieran que, traten bien o mal a la clientela, van a vender lo mismo. Creo que se equivocan, pero tampoco me voy a poner vehemente al respecto. En todo caso, la pizza es buena, y el local no es bonito pero sí un clásico.


Un día normal

15.07.10

Por si no se han dado cuenta, vivo en Buenos Aires, capital, en un sitio llamado La Barraca Vorticista, una casa privada en la que existe un gran archivo de arte-correo y de poesía visual. En mi casa siempre es posible una conversación sobre algún tema artístico. No teníamos tele, hasta que llegó el mundial y nos prestaron una. No la he usado más que para ver partidos, incluida la final, que por suerte ganó España. Ya era hora.

Ayer, miércoles 14 de julio, fue un día normal para mí. Y es eso lo que quería contar. Me levanté a eso de las 7, hice café y leí la prensa por internet. Habitualmente leo el New York Times, El País, Página 12 y La Jornada, además de Libro de Notas y algunos blogs. Luego leo y contesto el correo electrónico y echo un vistazo a Facebook.

Más o menos a las 9 me puse con un artículo para Arsómnibus, donde escribo sobre arte. Este era sobre la nueva etapa de la galería de Alejandra Perotti, y aparecerá en breve en la revista, que sólo es digital y es muy probable que, en los próximos meses, con los cambios que estamos efectuando, se convierta en la principal referencia del arte contemporáneo argentino.

A las 11 o por ahí, terminado el artículo, me duché y salí a comprar cigarrillos, de camino a mi bar habitual, en San Cristobal, a pocas cuadras de casa. En él, la conexión wi-fi es buena y tienen un gran salón fumador. La camarera que me atiende ya se acostumbró a verme desplegar mis papeles, el i-pod touch, el móvil y el cenicero en una mesa para 4, y no se molesta si me quedo más tiempo del garantizado por el café que pido.

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