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En mi libreta tengo siempre una página titulada como se titula este post. En ella voy anotando cosas que oigo por la calle, o letreros que veo, cuando me hacen gracia o me llaman la atención. Nunca escribo por qué las he anotado, así cuando vuelvo tiempo después me golpean de nuevo con toda su extrañeza original. Algunas son simplemente extrañas, otras irónicas o incomprensibles o están llenas de sabiduría, tristeza o alegría popular. He pensado que no sería mala idea compartir con ustedes estos apuntes, quizá también les llamen la atención. Aquí van tres recientes:

  • “Se arreglan encerraduras, planchas y otros artefactos.” (En el escaparate de un comercio, calle Sarmiento, visto desde el colectivo).
  • Numismática Anna Frank (Avenida San Juan al 4000).
  • Una mañana de domingo, lluviosa, se encuentran dos vecinos: “¡José! Lindo día, ¿eh?” “Lindo día para comer un asado.” (Avenida La Plata al 900).
  • Un hombre va en un carro de caballos, fileteado, y se detiene ante un contenedor de obra para ver si hay algo reciclable; en el carro reza la siguiente leyenda: “Lo más caro de esta vida es pagar los favores.” (Calle Sánchez de Bustamante al 1100).

Ayer fue viernes y por lo tanto día de clase. Las clases son para estudiantes de una universidad estadounidense, y no las doy en un aula, sino en la calle; hablamos de literatura, de historia, de arquitectura y de cómo lo que uno se encuentra por la ciudad también nos habla: un poco la vieja historia filosófica de que la naturaleza es un libro que hay que aprender a leer, sólo que aquí la naturaleza es más bien la ciudad, como afirmó Baudelaire.
Walter Benjamin dijo también que perderse en la ciudad, perderse de verdad, es algo muy difícil y que requiere una especie de formación artística. W.G. Sebald llevó este dictado a un nuevo nivel en sus libros, que están llenos de las casualidades y las historias que uno encuentra cuando se pierde por las calles de una ciudad.
Ayer me ocurrió que acompañé a dos alumnas a su otra clase, en Centro Universitario de Idiomas, que quedaba más o menos en la dirección que yo tenía que tomar. Pero en lugar de tomar una de mis rutas habituales, nos guió una de ellas por su ruta. De repente, a medio camino, sentí que estaba en otra ciudad: reconocía las calles y los comercios, pero desde una perspectiva distinta. Me había perdido, creo que por el simple hecho de haber cambiado de ruta.
Uno se marca rutas habituales por la ciudad de la misma manera que se marca rutas habituales en el pensamiento. Y para cambiarlas hace falta esfuerzo, inteligencia, arte y/o, como en mi caso, un accidente. Creo que Benjamin conocía perfectamente la sensación de extrañeza que da perderse de esta manera. La sensación de estar en otra ciudad sin abandonar la habitual, pero sí, abandonándola de cierta manera, encontrando otra, distinta (pero igual y distinta pero igual, etc.) en su lugar.
Supongo que uno lee cosas que se escapan de lo habitual por la misma razón. Abordar la realidad desde otro ángulo, no sólo ofrece nuevas perspectivas, sino que, en realidad, nos pone en otro mundo, como paralelo a este, y nos permite entender el mundo, la ciudad en la que vivimos, de otra manera (no siempre mejor, pero sí distinta). Es como si uno hiciera nueva su experiencia de lo habitual: una especie de vacuna contra la rutina y el cansancio de la vida diaria.


Me ha llegado un mensaje con un enlace a un blog la mar de interesante, titulado ¿Qué sabés de Buenos Aires?. O por lo menos para los que nos interesamos por la ciudad, su historia, sus lugares. Este es el programa que ofrecen:

Lunes: Trivias
Preguntas sobre la historia o la vida de la ciudad, desde los tiempos de la colonia hasta ayer por la mañana.

Miércoles: La incógnita fotográfica
Fotos curiosas y no tan fáciles de reconocer.

Viernes: El Diario de los Bolazzi Mentirotti
Un curioso diario familiar que desde 1580 se continuó por generaciones, con la característica de que en cada historia uno y sólo uno de los datos es más falso que un billete de tres dólares.

Martes: Revoleando la moneda
Preguntas sobre hechos conocidos con varias respuestas posibles. Un juego para demostrar que uno sabe, y si no, para hacer que parezca que uno sabe.

Jueves: Alcanzame el pañuelo
La más porteña de todas las secciones: la de los nostálgicos. Todo vale de los ’40 para acá.

Yo por lo menos, ya lo pongo en el blogroll aquí al lado. Así siempre estoy atento.


Últimamente me he dedicado a trabajar, a cocinar y a hablar con los amigos que han venido de fuera aprovechando las vacaciones del verano boreal. Como ya va siendo felizmente obligatorio, los sábados son para ir al mercado, luego a tomar el aperitivo y por fin de nuevo en casa, a cocinar y a sentarse a la mesa unas buenas horas. Juli Highfill aportó una botella de brandy español del bueno y eso prolongó la conversación un buen rato.
El domingo, estando aquí Juli, mi gran amiga de Estados Unidos y siempre aficionada a todo lo que tenga que ver con el campo, volvimos a ir a la Feria de Mataderos. Ahí entablamos conversación con Arturo Minetti, nuestro ya provedor oficial de dulce de cayote y otras fantasías envasadas artesanalmente. Interrogándolo, nos contó que su manera favorita de comer ese dulce es con quesillo (queso suave de cabra, proveniente del noroeste argentino), pero con nueces. Ese era el elemento que me faltaba, aunque puedo omitirlo y disfrutar igual.
Mientras charlábamos, aprovechamos para preguntar por una mermelada amarga, y Arturo nos sugirió algo que él llama “mermelada inglesa”, de varios cítricos, y, como luego pudimos comprobar, excelente. También nos interesó el locoto en vinagre, uno de los mejores picantes del cono sur (con o sin vinagre).
Una cosa que me gustó de Arturo es que contó que a través de los años ha ido aprendiendo a cocinar de gente de diversas procedencias, de profesionales, de amateurs y de personas que cocinan para su casa. Este tipo de curiosidad es lo que a mí me mueve en la cocina: esa mezcla de tradiciones es verdaderamente americana y particularmente argentina.
Diego Ortíz, otro de nuestros visitantes, nos contó de un amigo suyo de Valencia que viaja por todo el mundo y ha ido amasando una colección de picantes variada y extensa. Si hay razones para envidiar a alguien, esa colección es una de ellas.
Bueno, habrá que poner manos a la obra e ir probando ideas, ingredientes, cocciones, y después, el resultado con amigos, largas horas a la mesa.


Día de mercado

24.08.08


Las tradiciones se inventan. Con muchas, lo que ocurre es que nadie recuerda las circunstancias o el momento de su invención. Así, las tradiciones, más que de la memoria, son hijas del olvido.
En Valencia llegué a compartir una tradición milenaria. Los amigos teníamos la costumbre de ir al mercado los sábados por la mañana; hacíamos la compra semanal y después nos íbamos a tomar una cerveza y unas tapas. Nos contábamos las vidas, intercambiábamos información, sembrábamos proyectos… Esta compra del sábado era siempre una cuestión social: convertíamos lo necesario en algo más, en una ocasión para el encuentro.

No íbamos a supermercados, claro. En Valencia hay varios mercados a los que vale la pena ir, y nuestro favorito era el Mercado Central, que da espacio para pasear—otro ambiente—y para encontrarse. Como los shoppings de ahora, pero sin el aislamiento individualista de cada comercio. Los amigos valencianos que estuvieron aquí hace poco me recordaron esta tradición de los sábados, y me ayudaron a recuperarla e incluirla en mi nueva vida en Buenos Aires. A Carolina le encantó, por lo que hemos decidido mantenerla.>Y así es como lo haremos: se trata de ir al Mercado del Progreso, en Primera Junta, entre las 11 y las 12 h., hacer la compra y luego caminar unas pocas cuadras hasta el Café Jonathan (Formosa y José María Moreno), donde tienen una excelente terraza y precios que no están mal.
Lo haremos todos los sábados. Si alguno de ustedes quiere venir y encontrarse con nosotros no tiene más que echarme un mail por medio de la página de contacto. Estoy seguro de que les gustará la experiencia y repetirán.Por cierto: en los mercados uno acaba comprando bastante verdura, y eso cambia la vida. Porque si cambia la manera de comer, cambia todo…
¿Nos vemos, entonces?


Urondo Bar

15.08.08

Cuando uno encuentra que varios días después de haber comido en un restaurante sigue hablando de él, y siempre de manera positiva, esa es la señal de que la experiencia fue profunda, o mucho más de lo que uno imaginaba al pagar la cuenta.
El martes fue el cumpleaños de Fernando Villavert, que está de visita en Buenos Aires junto con su compañera, Imma Cano, y fuimos a cenar a Urondo. Este es, y con mucha diferencia, el restaurante más serio que he conocido en la ciudad. Es el más profesional. El mejor.
Desde que entras, te tratan con amabilidad, no con esa clase de altanería estúpida que uno encuentra tan a menudo. En Urondo te invitan a relajarte y entrar en el ambiente del local a base de atención y buenas caras. No se les escapa nada. Me quedé con impresión de que, para ellos, que uno vaya a su restaurante es un priviliegio, y no a la inversa.
El menú es limitado: cinco entrantes y cinco principales. Lo cual indica que no incluyen cualquier cosa, sino sólo lo que les parece digno de ofrecer a su clientela. Los entrantes que pedimos para compartir nos sorprendieron de la mejor manera: unas alubias con chorizo colorado, morcilla de Asturias y batatas crocantes; y un queso de oveja tibio con dátiles, panceta y almendras. Estaba todo tan bueno que daban ganas de cancelar el pedido de los principales y quedarse ahí.
Por suerte no lo hicimos. Imma y Carolina pidieron el mero con polenta grillada y tomate aromatizado con tomillo, ajo y aceite de oliva. Fernando escogió el confit de conejo con garbanzos condimentado con cítricos y radiccio salteado. Y yo, más conservador, me quedé con el solomillo de cerdo caramelizado con ciruela y col salteada con soja. No había fallos, ni en la cocción ni en la selección de ingredientes. Todo estaba medido, en su punto.
También me gustó la buena coordinación entre la cocina, la bodega y el salón, algo que he echado de menos en otros lugares. Aquí todo llegaba a tiempo a la mesa.
En la carta de vinos tienen una sección de bodegas con producción limitada y de ahí escogimos un excelente malbec de Sur de los Andes Reserva 2006. El dueño y somelier, cuando me vio sonreír al probarlo, me dijo: Invita a comer, ¿no? Y eso me encantó, porque me dice que entiende el vino como parte de un ambiente, un proceso, un contexto que es la comida. La comida como lugar. El vino te invita a ese lugar. ¿Qué mejor que eso?



Siempre lo digo: soy mal turista y las cosas para turistas me van mal, excepto de cierta manera irónica. Ayer fuimos a la Feria de Mataderos para que la vieran Fernando e Imma, unos amigos de Valencia, que están de visita. Hasta entonces la había evitado.
Crecí en los comercios de artesanía de mi familia, donde desarrollé un gran entusiasmo por el arte popular y una exigencia bastante pesimista en cuanto a la artesanía. No suelo encontrar muchas cosas por ahí que me llamen la atención, principalmente porque de arte popular queda poco, y menos cuando esa cultura no se adquiere de nacimiento. La clase media no está hecha para el arte popular. Es como si yo quisiera ser un pintor chino.

Con todo y estas reservas de mi parte logré encontrar algunas cosas de interés en la feria. Antes que nada los puestos de comida. Hay asado, claro, y los imperdibles choris (para los extranjeros: chorizo a la parrilla entre panes y con salsa chimichurri). Nosotros comimos tamales y empanadas, todos excelentes, y más las empanadas dulces de carne, que llevaban miel, probablemente una herencia árabe.
En la feria también hay puestos donde venden productos comestibles envasados artesanalmente. Compramos aceite de oliva, de Mendoza, a un precio excelente. También dulce de cayote y una cosa llamada manjar oriental; para esto último tendré que volver un día y apuntarme la docena de ingredientes que incluye: tiene un sabor raro, pero que no disgusta.
Luego están los puestos donde venden objetos para la vida en el campo, pero para los que no hacemos vida en el campo. Esos los miro con cierto interés, aunque no toco nada ni compro. No me hace falta un facón ni un cuentaganado.
Carolina compró esencia de ruda y un hornillo para aromatizar la casa. No tengo la menor idea de lo que compraron nuestros amigos. Yo adquirí un escudo del San Lorenzo de Almagro pintado al filete que me pareció un buen cruce entre culturas populares. A partir de él empecé a soñar con la posibilidad de hacer los letreros de McDonald’s y otras multinacionales con la misma técnica. Con mucha suerte, esa ironía sería el principio de su desaparición (la de las multis, no la del fileteado)l al deshacerse de su imagen de marca extranjera.

Lo segundo mejor de todo (después de la comida) fue la corrida de sortija, un juego tan antiguo como la ganadería a caballo, y que los gauchos heredaron y han sabido preservar. Ya de por sí es bonito ver correr a los caballos, hacerlo de cerca es todavía mejor. El juego consiste en poner el caballo a la carrera y pasar por debajo de un arco del que cuelga un anillo de unos 5 cm de diámetro, capturando el anillo con una varita. Hay que tener bueno lo siguiente: la vista, la puntería, el equilibrio y, sobre todo, el caballo. No es un espectáculo de masas pero vale la pena verlo y sentir un poco de envidia de los jinetes, de su destreza y de su alegría al montar. (Se nota que estoy orgulloso de la foto, ¿no? Y más si digo que la hice con el móvil.)
Volver a casa fue fácil; estábamos agotados. Creo que las resistencias que mostraba yo en las primeras líneas de este post están vencidas casi por completo. Cuando vengan amigos de fuera, los llevaré a la feria.


Este fin de semana teníamos que comprar algunas cosas para la casa y nos lanzamos a los bazares que quedan a partir de la esquina de Jujuy y San Juan. La mayoría se anuncia como “bazar gastronómico”, o sea un comercio donde venden de todo para bares y restaurantes: cuchillos, vajilla, baterías de cocina, toda clase de vasos, copas, tazas, equipamiento profesional… de todo. Y los precios son insuperables. La zona es como un mini-Once pero dedicado a la cocina.
Esto es algo que queda en Buenos Aires y que he visto desaparecer de muchas ciudades europeas: la zona dedicada a un solo gremio. Los estudiantes de sistemas emergentes suelen estudiar este tipo de distribución urbana, donde al parecer porque sí se juntan muchos comercios de un solo tipo. No saben muy bien la razón técnica por la que ocurre esto, pero saben que ocurre. ¡O quizá el que no lo sabe soy yo!
Por la zona también se han instalado muchas jugueterías que venden al por mayor, y unas cuantas papelerías.
Por cierto: nosotros íbamos buscando y compramos una cafetera Volturno y un juego de tazas, que buena falta nos hacían: no se puede ser hospitalario si no se es capaz de servir un café decente.


Sobre Colombo ya he escrito en otras ocasiones: uno de los arquitectos más interesantes de Buenos Aires a principios del siglo XX. Reconocido, pero demasiado famoso, lo suficiente como para atraer a alguien como Alejandro Machado, que se ha convertido con el tiempo en el gran experto en la obra de este arquitecto. Y esto de experto lo digo con cariño y respeto; y más en el sentido del amateur que del profesional, del amateur decimonónico, el que de verdad hacía las cosas por amor.
Me ha llegado un mail de Alejandro en el que propone la atribución de otra casa, en Venancio Flores 113-17-31 (Caballito), a Colombo. No es una casa tan barroca como otras que le conocemos, pero Alejandro alega que la ornamentación es idéntica a la de otra casa de este arquitecto. Y si él lo dice, yo le creo. Aunque tengo una duda: ¿no podría ser que el taller que fabricó esos elementos ornamentales se los vendiera de nuevo a otro constructor? En otras palabras, el diseño seguiría siendo de Colombo, pero la intención de ponerlo donde está, no.
En todo caso, parece que faltan pruebas. ¿Se pueden conseguir?


Carolina, porteña de toda la vida, me afea que yo conozca mejor las calles de Buenos Aires que ella; o más bien me afea que lo demuestre, que me enorgullezca de mis conocimientos. Yo le contesto que al haber venido a la ciudad hace relativamente poco, me he visto obligado a armarme un mapa mental, por pura supervivencia, y por curiosidad, esas dos patas del entusiasmo.

Y creo que es más fácil para un extranjero llegar a conocer, con el tiempo, una ciudad, de lo que lo es para los que han vivido en ella toda la vida. Y es porque al llegar se abre una ventana de tiempo en la que no tienen costumbres fijas, ni rutas preestablecidas, y porque todavía hay mucho que les llama la atención. Lo difícil, claro, es mantener ese nivel de curiosidad: seguir siendo un extranjero, en el mejor sentido de la palabra, sin dejar de adaptarse a las maneras de la ciudad de adopción.

Pero ese título, de haberlo, se lo tendríamos que dar a Robert Wright, sin duda el mejor bloguero sobre Buenos Aires. Vivió ocho años en la ciudad, pasando incluso por la crisis del 2001, y la contó con cariño, con alegría y con una sorprendente constancia en Line of Sight. Creo que nadie se ha caminado las calles de Buenos Aires como él, fotografiando todo lo que le llamaba la atención, documentando todo lo que le provocaba la menor curiosidad. Y aunque deje de escribir, su blog sigue existiendo, y sigue siendo una fuente de información que no tiene precio.

Ayer salió de Ezeiza su avión para Australia. Con Robert dentro, espero. Voy a echar de menos a este viajero empedernido. No porque tuviera mucho contacto con él, en persona, sino porque dejará de escribir sobre la ciudad en su blog.


Sigo sin entender a los ladrones de arte. ¿Por qué robar un objeto archiconocido y difícil de transportar? El galerista que se atreva a mediar en una venta de obras robadas tiene que ser muy astuto o muy tonto; se arriesga a un total descrédito, a parte de la cárcel, y de las inspecciones constantes de su negocio por las instituciones fiscales y el ministerio de cultura. Lo mismo el coleccionista que las compre. Sé de unos cuantos que no quieren registrar o asegurar sus colecciones por no darle al fisco más información de la estrictamente obvia. Si los pilla la policía con un cuadro robado, se les viene encima un buen calvario, por lo menos burocrático.

El sábado fueron robados 15 cuadros del pintor argentino Antonio Berni. El camión que los transportaba fue detenido en la calle por cuatro hombres vestidos de policía que obligaron al conductor a llevarlo a otro sitio, donde los esperaba otro coche y otro camión. El envío original era de 17 obras, pero dos no cupieron en el camión de los ladrones. Estos les dieron a cada uno de los tripulantes del primer camión mil pesos, supongo que por las molestias: una actitud bastante caballeresca que seguro que tomó en cuenta el mal rato que pasaron (a manos de los ladrones) e iban a pasar (a manos de la policía) los empleados de la empresa de almacenamiento y transporte de obras de arte. También los invitaron a desayunar, pero los empleados, al parecer, se habían quedado sin apetito.

Interpol ha intervenido, como a menudo ocurre cuando se trata de obras de arte. Están en alerta todos los puestos fronterizos. Es probable que los ladrones pidan un rescate por las obras. Cosa complicada: nadie quiere abrir la puerta a una epidemia de robos de este tipo.


Bilingüismo

27.07.08


No sé cuántas veces he pasado por debajo de este letrero, que siempre me trae recuerdos de otros lugares, otras fronteras. Por la razón que sea nunca le había hecho una foto… hasta ayer.