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Salgo a la calle a dar una vuelta, un paseo. Es cuestión de respirar, de pensar. Pienso mejor cuando tengo el cuerpo y los sentidos ocupados. A veces salgo a “caminar un texto”, y el ritmo de un poema depende del ritmo de mis pasos por la ciudad. A veces salgo a dar ese paseo con un amigo, sirve para hablar, para negociar una idea, un proceso artístico. Así, últimamente con Leonello Zambón, amigo, socio y vecino.

Hace unas semanas teníamos que hablar de La Expedición que estamos haciendo juntos. El paseo nos llevó desde Constitución, atravesando San Cristobal, hasta Boedo y de vuelta. Luego ha habido mucho trabajo, y hace unos días, Leo me envió un mail diciendo que echaba de menos nuestros paseos. Sugerí que hiciésemos algo parecido a la vez anterior pero con una cámara, así que las fotos son del segundo paseo, mientras que las impresiones se mezclan entre uno y otro.

Le sugerí desayunar en mi bar habitual (esquina de San Juan y Rincón, ver mapa de bares para fumadores) y luego, para seguir hablando enfilamos por San Juan hacia arriba, al oeste.
Una tienda de ropa con las vidrieras, los espejos, las puertas y otros apliques art nouveau, que siempre me llamó la atención ha desaparecido. Esos elementos decorativos siguen ahí, pero ahora hay una ferretería.

Cerca de Avenida Jujuy, vimos la torre de una iglesia y propuse investigar, llegando hasta ella por el otro lado, como para verla de otra manera, así que tomamos por Saavedra y luego Cochabamba. Sobre Jujuy y sus calles existen un montón de bazares gastronómicos (para los españoles: comercios donde venden equipamiento de hostelería). Antes de llegar a la iglesia, nos detuvimos a mirar en el escaparate de uno de estos bazares, y le comenté a Leo que no entiendo por qué la gente se compra cocinas de uso doméstico cuando se puede comprar una de uso comercial, industrial, restaurantero o como se diga. Son mucho más bonitas éstas, ¿no? De repente y por un impulso, entramos a preguntar precios, y sí, son más caras, pero mucho depende también de la importancia que uno le dé a cocinar y a cierta estética industrial que a mí, particularmente, me seduce más que todo eso que se llama “diseño”.

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Vivir lejos

ene 23, 11:07

Buscando otra cosa entre papeles viejos (y aprovechando para tirar muchas cosas de una vida pasada), encontré una servilleta en la que había escrito unas notas para cosas de las que quería tratar en este blog. Calculo que son de 2007. Era esto:

La otra tradición
la emigrante
la marítima
la portuaria
la tradición porteña

Buenos Aires Ideal

El BsAs ideal era el que estaba en la imaginación de los viajeros que emprendían el mar, desesperados o por placer, hacia el Río de la Plata.

Y en efecto, esta fue una ciudad mítica en la imaginación de muchos europeos. Un puerto en el que resguardarse después de atravesar un mar de dificultades.
En cambio, las letras de los tangos cuentan otro mito, el del desengaño. Sí, los inmigrantes se encontraban aquí con posibilidades que no tenían en su país de origen; pero no con facilidades, había que trabajar duro, nadie te regalaba nada. La poesía tanguera se podría leer como una crónica de la dureza de la vida en ese sentido.

Yo mismo la he sufrido, lejos de mi red de conocidos y familiares, lejos de todo. Y una de las cosas que he aprendido en esta ciudad es a vivir sin demasiadas cercanías. A vivir lejos.


Dos categorías más

dic 4, 08:15

Este año he pasado mucho tiempo en La Plata, por razones laborales y personales. Y aunque es otra ciudad, siempre se me ocurren cosas para escribir aquí, cosa que voy a empezar a hacer. Para eso he abierto una categoría.

La otra es para la Provincia de Buenos Aires, adonde el trabajo también me lleva de vez en cuando y donde también hay mucho de interés.

Lo otro que me he propuesto es escribir posts más cortos, algunos sólo con infomación, menos literarios quizá. Y también colgar información de la que me llega por mail y otros medios.

Es buena la idea, ¿no? Como no tengo tiempo de escribir, amplío mi radio de acción. En todo caso, espero que lo que sí vaya saliendo siga siendo de su interés.


Vengo de la Plaza de Mayo. Estaba a rebosar de gente. La gente cantaba, pero no había alegría en el ambiente. Las banderas y las pancartas llenaban el espacio por encima de nuestras cabezas. No había un solo policía, no había camiones con agentes antidisturbios en las calles aledañas a la plaza, o por lo menos ni vi ninguno, la manifestación era espontánea y pacífica.
Los vendedores ambulantes de comida y bebida trabajaban a tope.
Hoy fue el día del censo y todos los negocios estaban cerrados. A partir de las 20h. empezaron a abrir algunos restaurantes y bares.
Al parecer, hubo gente en la plaza todo el día.
Lo que más me llamó la atención es que estaba lleno de gente de clase media, que normalmente evita las aglomeraciones. Mucha gente joven. Familias. Parejas.
Como peatón extranjero, como observador de lo que pasa en Buenos Aires, como habitante de la ciudad, debo decir que ésta ha crecido muchísimo desde que vine la primera vez en 2005. Aquel año, y viniendo de Europa, una cosa que me llamó muchísimo la atención—por poner un ejemplo banal—es que hubiera espacio para aparcar en todas partes. Ahora escasea. El poder adquisitivo de muchos ha aumentado considerablemente. Como ha mejorado el nivel de vida en la ciudad. Y en otras partes de la Argentina que he ido conociendo.
Eso se ha debido en gran medida a la política del presidente Kirchner y, después, de la presidenta Fernández de Kirchner.
Una cierta idea de sutentabilidad (digo esto en lugar de independencia) económica dentro de las fronteras del país, en medio de la globalización, ha sido la clave de la recuperación de Argentina tras la debacle de 2001. Eso incluye apartarse de la monoindustria hacia una variedad de posibilidades productivas que significa repartir en riesgo, de manera que si falla un sector otro ocupe su lugar. También ha habido enormes esfuerzos por modernizar el sistema impositivo, algo fundamental para la estabilidad del país… y algo que requiere un gran desgaste político y muchos años, no se hace de la noche a la mañana.
Hace más de un año, cuando la crisis financiera mundial estaba en su apogeo (y pronto puede haber otra recaída) el gobierno argentino se negó a aceptar la supuesta verdad, aceptada en muchos otros países como ley de vida, de que había que recortar el gasto público a toda costa. En España, por ejemplo, la crisis se prolonga, el empleo no se recupera, mientras que Argentina y Brasil siguen creciendo.
La política de los últimos dos gobiernos en cuanto a derechos humanos ha sido fundamental, también. No hay manera de superar un trauma nacional de las dimensiones del que sufrió Argentina en los años 70 sin una política de este tipo. También esto lleva años y requiere de un gran esfuerzo de mucha gente, no sólo del gobierno, para combatir la inmovilidad, el silencio y la mala consciencia.
Recientemente, la ley de igualdad de parejas, significó la legalización de algo que ya estaba instalado en la sociedad y reclamaba una apertura dentro del sistema.
Hace falta hacer muchas cosas, todavía, y siete años no dan tiempo para todas. A mí me gustaría ver avances, como los que ha habido en otras esferas, en la cultura, en la ciencia y en la innovación. Eso requiere invertir en educación y, después, en el todo lo que signifique aprovechar esos recursos humanos. No dejar que los cerebros se fuguen a otros países es fundamental para el futuro de Argentina.
Había, hay miles de cosas que hacer en este país. Néstor y, después, Cristina se embarcaron en la difícil tarea de llevarlas a cabo. Con tantos sectores, incluso fuerzas internacionales, en contra, yo (como espectador extranjero) me maravillo de lo que han conseguido.


Libertad de domingueo

oct 11, 10:24

Hace unos meses, estuvo en la Casa de la Cultura de Buenos Aires la muestra Post-It City: Ciudades ocasionales. La exposición era en realidad un libro (y el catálogo es excelente) puesto en las paredes. Si en el catálogo se hubiera incluido un DVD con todos los videos que se exhibían en la muestra, ésta hubiera sido totalmente innecesaria.

Post-It City es una recopilación de diversos proyectos estético-sociológicos de todo el mundo que han visitado o estudiado estrategias habitacionales o comerciales efímeras en muchas ciudades: mercadillos, barrios de chabolas, restaurantes portátiles, etc. Hojeando el catálogo un poco al azar, me llamó la atención un proyecto llevado a cabo en Barcelona descrito así por sus autoras:

Sundaying city es un trabajo de campo sobre las prácticas de ocio autogestionado en la ciudad de Barcelona. Estas prácticas suponen una resistencia al espacio público no practicable que el Modelo Barcelona ofrece, así como la creciente industria del entretenimiento global. Estas actividades se despliegan temporalmente en zonas de la ciudad sin función determinada y resignifican su sentido a través del uso que hacen de ellas. El trabajo se centra en tres actividades de domingo: competiciones de palomas, rallies y picnic, que conjugan la autogestión del ocio, la sociabilidad, la ocupación del espacio público, la generación de arquitecturas propiasy el carácter insumiso de sus prácticas. Así, el dominguero adquiere un matiz transgresor, casi heroico, dentro del nuevo marco cívico que ha adoptado la ciudad y de la actual sociedad del espectáculo-consumo. El dominguero consigue zonas relacionales de encuentro e interacción practicando la ciudad y apropiándose de ella.

El tono tecnocrático de este texto parece defender las prácticas pero en realidad no lo hace, dando tácitamente por sentadas, irremediables, las condiciones en las que se tiene que dar el domingueo barcelonés. La verdad es que, viviendo en América Latina, esto me parece alucinante.

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Un día normal

jul 15, 09:49

Por si no se han dado cuenta, vivo en Buenos Aires, capital, en un sitio llamado La Barraca Vorticista, una casa privada en la que existe un gran archivo de arte-correo y de poesía visual. En mi casa siempre es posible una conversación sobre algún tema artístico. No teníamos tele, hasta que llegó el mundial y nos prestaron una. No la he usado más que para ver partidos, incluida la final, que por suerte ganó España. Ya era hora.

Ayer, miércoles 14 de julio, fue un día normal para mí. Y es eso lo que quería contar. Me levanté a eso de las 7, hice café y leí la prensa por internet. Habitualmente leo el New York Times, El País, Página 12 y La Jornada, además de Libro de Notas y algunos blogs. Luego leo y contesto el correo electrónico y echo un vistazo a Facebook.

Más o menos a las 9 me puse con un artículo para Arsómnibus, donde escribo sobre arte. Este era sobre la nueva etapa de la galería de Alejandra Perotti, y aparecerá en breve en la revista, que sólo es digital y es muy probable que, en los próximos meses, con los cambios que estamos efectuando, se convierta en la principal referencia del arte contemporáneo argentino.

A las 11 o por ahí, terminado el artículo, me duché y salí a comprar cigarrillos, de camino a mi bar habitual, en San Cristobal, a pocas cuadras de casa. En él, la conexión wi-fi es buena y tienen un gran salón fumador. La camarera que me atiende ya se acostumbró a verme desplegar mis papeles, el i-pod touch, el móvil y el cenicero en una mesa para 4, y no se molesta si me quedo más tiempo del garantizado por el café que pido.

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Para Pep Izquierdo

No sé bien si en los tiempos que corren (como siempre buenos y malos a la vez, según quien los viva) tenga sentido o sea buena o mala idea comentar que una de mis aficiones favoritas es sentarme en la terraza de un café a mirar—no a la gente, así en general—sino a las mujeres que pasan. Con el tiempo que llevo en Buenos Aires, creo haber descubierto que uno de los mejores sitios para mi humilde vocación de flanêur, o simplemente de mirón, es la esquina de Tucumán y Rodríguez Peña. Ya ahí, me acomodo ante una de las mesas del café Mar Azul, me pido un carajillo y dejo que se me salgan los ojos de la cabeza… como en los dibujos animados.
Por esta esquina pasan mujeres para todos los gustos. Hombres también, supongo, pero no he prestado atención. Como se trata sólo de observar, sin molestar, sin fijar la mirada en nadie, sin decir nada, puedo practicar mi afición sin prejuicios. Me puede llamar la atención alguna parte de un cuerpo, o una forma de caminar, o un estilo al vestir, o un rostro particularmente bello, o un gesto, una actitud, incluso una voz.

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Alegrías y lluvia

feb 6, 14:32

Tengo que coser la tela a dos varillas de mi paraguas casi desechable. Estos días ha estado lloviendo de lo lindo.

El otro día tenía más que suficiente trabajo como para quedarme delante del ordenador hasta la noche, pero ya había quedado con un librero por Mercado Libre en que pasaría a buscar Explicación de Buenos Aires, de Ramón Gómez de la Serna. Así que desenterré mi paraguas de un solo uso, y me lancé a la batalla no sólo contra la lluvia, sino también contra toda esa gente que, por muchos años que lleve haciéndolo, no termina de aprender a circular con el paraguas abierto.
El tráfico siempre se vuelve caótico cuando llueve—aquí y en todas partes, sólo hay que volver a ver Blade Runner para confirmarlo. Hay gente que utiliza el auto como paraguas. En lugar de tomar un colectivo, opté por el subte: Línea E hasta Independencia, Línea C hasta Diagonal Norte/Pellegrini, Línea B hasta Lacroze. Increíblemente, sólo tarde poco más de media hora.
En la esquina de Corrientes y Lacroze está El Imperio de la Pizza, nombre soberbio en todos los sentidos. Entré a desayunar: café con leche (cargado) y dos medias lunas (croissants para los extranjeros). Aviso a quienes lean esto extraporteñamente que en Buenos Aires hay habitualmente dos tipos de medias lunas, de mantequilla y de grasa. En El Imperio tienen, sin embargo, un tercer tipo, también como de grasa, más hojaldrado y con una forma ligeramente distinta—parece más un puño cerrado en una especie de figa, que una luna menguante/creciente—y más salado que las de grasa normales. Los llaman cuernitos, que es como se llama a los croissants en México. Son excelentes, y más con mantequilla y mermelada. El camarero me dijo que salen del horno todos los días a las 7 de la mañana.

Si no hubiera estado lloviendo, lo más probable es que hubiera tomado un colectivo que me hubiera dejado más cerca de donde tenía que ir a buscar el libro, y no hubiera entrado en El Imperio de la Pizza: no habría conocido los cuernitos. No me cabe la menor duda de que uno toma decisiones distintas, y hasta cambia de comportamiento, según el tiempo que haga. Y son esos pequeños cambios los que lo llevan a uno por otros caminos, y al descubrimiento de cositas, situaciones, lugares, tal vez nimios, tal vez no, pero en todo caso, descubrimientos y si hay suerte, alegrías.
A mí la lluvia siempre me pone de buen humor.


Redirección temporal

ene 22, 11:27



Tengo problemas con la conexión donde vivo/trabajo. Significa que tendría que andar con el ordenador arriba y abajo, y la verdad es que no me apetece.
Lo que sí puedo hacer es ir posteando con el iPod en un blog auxiliar que abrí hace tiempo pero nunca usé. Ahora me viene bien. Es éste: PEX2.

(Lo bueno de Wordpress como editor de blogs es que tiene una aplicación para iPod Touch, que facilita la cuestión de escribir cuando uno anda errante, itinerante o, como es el caso conmigo en este momento, cabreado).

Volveré a este blog en cuanto se solucione el problema.


Pasa en todas partes, que llega el verano y mucha gente se larga de vacaciones. El vacacionismo es nuestra verdadera religión, una que promete el paraíso en la Tierra, aunque sólo sea por unos días. Con una parte importante de la población en busca del Edén, Buenos Aires se ha quedado si no vacía, sí muy tranquila, excluido el ajetreo malhumorado del resto del año. Casi me veo tentado (seguramente por el demonio de la ironía) a decir que Buenos Aires por estas fechas es cuando está más cerca de su propio ideal.

Hay menos humos de colectivos y camiones; y es como si también se hubiera reducido el nivel de contaminación publicitaria y futbolística. Por Buenos Aires siempre se puede pasear, pero ahora más y mejor. En las zonas comerciales, la clientela, no toda emigrada a las playas y otras zonas de placer espiritual, no escasea pero tampoco se aglomera, así que a quien le guste ir de compras o de escaparates, encontrará mayor comodidad e incluso amabilidad en el personal de ventas. Esto no es más que una suposición por mi parte, ya que soy una especie de anti-consumidor. Nunca he considerado salir de compras una opción de ocio, sino un trabajo en el que uno paga por trabajar. Por ejemplo, la gente que usa ropa con la marca bien visible, ¿no está pagando por hacerle publicidad a otro?

Hace casi un año que no veo la tele. Este verano espiritual prolongado, si tengo suerte, durará indefinidamente. Ayer, el calor y la humedad fueron tan agobiantes como un programa de Tinelli, con la diferencia de que en la tele hay muchas menos tormentas que reduzcan la temperatura ambiente, y rara es la brisa que proporcione un alivio, algo fresco que ayude a sobrellevar el tedio estival en el que siempre vive la caja lista. Ahora voy a ponerme lírico, o por lo menos hudsoniano: ¡ojalá y en la tele hubiera algún ombú bajo el cual sentarse a disfrutar de la sombra y unos mates con gente interesante y conversadora! Fin del lirismo.

Unos amigos tuvieron la extrema buena voluntad de invitarme a su casa en Pinamar a pasar unos días. Yo mostré mi habitual reticencia ante toda religión ajena. Además, ¿por qué salir de la ciudad cuando mejor se está en ella? Pero me evangelizaron con eficacia, diciendo que comeríamos bien, conversaríamos y podía llevarme varios libros y no sentir la necesidad de salir de ellos por mostrarme cortés. Iré en febrero.

He aquí una lista provisional de mis lecturas vacacionales:

  • Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles
  • McGrath, Cambell. Seven Notebooks
  • Ortiz, Juan L. El Gualeguay
  • Rivera, Andrés. Cuentos escogidos
  • Schuyler, James. Collected Poems
  • Shell, Marc. The Economy of Literature
  • Warhol, Andy. Popism

Paseo del 2 de enero

ene 5, 08:32

En la fiesta de fin de año, ya como a las 6 de la mañana tuve una buena conversación con Fermín Kehoe, cantante del grupo de rock Nenas, y como descubrí, un tipo de gran sensibilidad, creativo en serio, culto hasta sorprender. Digo esto último así porque hoy sorprende encontrarse con gente culta; lo que suele ocurrir es que uno se topa con especialistas que todo lo filtran for su deformación profesional, y si esa profesión les ha traído el éxito, entonces no hay otro filtro que su ego, hinchado como si retuviera líquidos.
Fermín me recomendó que me diera una vuelta por el Museo Sívori a ver la exposición de Joaquín Ezequiel Linares (1927-2001); lo hizo con tanto entusiasmo que no me quedó otra más que ir.
El mejor día del año para darse un paseo por donde sea que uno viva o se encuentre es el 1 de enero. Poca gente, casi todo cerrado, las calles vacías se abren al caminar largo y a la reflexión. Buenas condiciones para repensarse los propósitos de año nuevo, pero mejor, para perderse de la manera recomendada por Walter Benjamin.
Sin embargo, como me acosté a las 8 de la mañana, el día 1 apenas salí de casa—no tanto por la resaca, que no tenía, sino por la falta de sueño, el cansancio acumulado y muchas ganas de estar solo y quieto. Así que dejé el paseo para el día 2.
A melldia mañana de ese día, tomé el subte hasta Plaza Italia y de ahí fui andando por Avenida Sarmiento hasta el Rosedal. No he sido nunca muy aficionado a dar paseos por los bosques y jardines de Palermo, y este paseo, aunque bonito, no sirvió para hacerme cambiar de opinión. Los jardines alrededor del Rosedal y éste mismo estaban llenos de turistas, gente que sale a correr, gente que se tumba en el pasto a tomar el sol o el freso, puestos de bebidas, gente que alquila carritos a pedales para no dar el paseo a pie, gente que alquila botes a pedales para dar un paseo por el laguito. Me siento más solo entre el gentío de cualquier día de semana en el Microcentro que en lugares así.
Por suerte, no tardé gran cosa en llegar al Sívori. La entrada es gratis. La exposición de Linares ocupa casi todo el espacio expositivo y, cuadro tras cuadro, no dejó de sorprenderme. Me queda muchísimo por ver y aprender de arte argentino, y cada vez que veo algo nuevo para mí, se me renueva el entusiasmo.
Después de darme las primeras dos vueltas por la exposición (si hay tiempo, vale la pena darse unas cuantas), encontré un espacio privilegiado. Desde uno de los pasillos del museo, o desde la cafetería, se llega al jardín del museo. Hay bancos para el que simplemente quiera sentarse a consumir tranquilidad, y mesas para el que quiera tomar o comer algo. Los árboles, grandes, frondosos, echan buena sombra. y aunque pasan los trenes de la línea San Martín por un lado, el ruido no es molesto; a mí me gustó mucho verlos pasar—también soy esa especie de bicho que ama lo urbano, lo que construimos, lo que vamos tejiendo y luego (o ya desde siempre) llamamos ciudad. Ahí me pasé un buen rato, la hora de más calor, tomando un agua con gas, leyendo el catálogo de la exposición, anotando algunas ideas.
Después me di otra vuelta por la muestra y salí de nuevo al parque. Lo atrevesé a toda prisa y me metí por las calles de Palermo hasta Avenida Santa Fe, donde tomé el subte de nuevo en casa.
Con el calor y la humedad, con el cansancio acumulado de las fiestas, me tumbé a echar un sueño. No está mal para el primer sábado del año, me parece a mí.


Un paseo de sábado

dic 10, 11:48

Salí a las 7:30 de la Barraca Vorticista, donde estoy viviendo temporalmente, y agarré por Entre Ríos hacia el Congreso. Había amanecido nublado y fresco, perfecto, como más me gusta Buenos Aires. Unas cuantas personas encontré que dormían en la calle, algunas despertaban, un par me pidieron el cigarrillo de empezar el día. Entré en la tienda de una gasolinera a comprar crédito para el móvil, en la parte de cafetería los taxistas se ocupaban desayunando y, raro para ellos, no hablaban.
Doblé por Hipólito y paré en el Yrigoyen (Plaza de los Dos Congresos) a tomar un café y apuntar un par de ideas para un artículo que estoy escribiendo. Me acomodé en la terraza, donde se puede fumar. Pasó por delante de mi mesa un tipo trajeado, con coleta (ese error), que evidentemente , por el cansancio que se le veía en la cara y en la ropa, terminaba una noche larga, infructuosa quizá.
Vi a muchos obreros que se encaminaban al trabajo. Los encargados de edificio limpiaban los portales, o desperdiciaban agua lavando la vereda; algunos no hacían nada.
Por Avenida de Mayo, una camarera colgaba decoraciones navideñas (invernales, claro) en el ventanal de una confitería. Extranjeros con guía bajo el brazo, pantalones cortos y sandalias (su uniforme de gala), comenzaban su ronda monumentalizante. Delante de algunos hoteles esperaban autobuses gigantescos para llevarse a otros turistas, no sé si lejos, no sé si para siempre.
Me encanta ver despertar la ciudad.
Paré en el Iberia, antiguo bar de republicanos españoles y un favorito de mi amigo Alber, a tomar otro café, fumar (de nuevo en la terraza, o no hubiera parado), continuar con mi artículo y disfrutar del fresco. Una rubia con tetas falsas, tatuajes varios y un par de revistas de modas se acomodó con gran determinación, o con un énfasis algo desmedido (en mi humilde opinión), a dos mesas de la mía, poniéndose inmediatamente a hojear un ejemplar de Cosmopolitan que en portada anunciaba un gran artículo sobre el Kama Sutra.
Una de esas palomas invencibles que uno suele encontrar en el centro se posó sobre mi mesa, luego pasó a la de la rubia, que la espantó suavemente y sin énfasis con la mano.
Entre el café y la terraza pasaron un par de borrachos abrazados, ese gran clásico, y un tipo con mochila y gafas caras que tenía prisa. Los colectivos que circulaban por la calle Salta no iban llenos, pero sí llevaban pasajeros de pie. Al pagarle, el camarero me informó, sin que yo preguntara nada, que hacía un “viento ‘e lluvia, ¿eh?”. Ya sentía yo frío, ahí sentado. El informe meteorológico desinteresado resulto en un leve aumento de la propina que dejé.
Crucé la 9 de Julio sin que nadie intentara atropellarme (novedad). A partir de ahí, la Avenida de Mayo estaba cortada; había operarios montando varios escenarios (perdón por la rima), al parecer para la celebración del día de la constitución española.
Miré en un par de escaparates de licorerías por si había alguna botella a buen precio, pensando quizá en volver al coñac o al whisky, pero no vi nada que me apeteciera lo suficiente como para ameritar el gasto.
Crucé Bolívar y comenzó a llover. Me detuve bajo un alero con la esperanza de que escampara y cuando lo hizo, unos diez minutos después, continué hasta Perú por donde agarré hacia Carlos Calvo y El Federal bajo una leve llovizna.
Ahí me estuve un buen rato, leyendo la prensa, desayuné algo sólido, y a eso de las 10 y media, me fui para casa.
Fue una buena mañana de primavera en Buenos Aires